

José Juan Conejo Pichardo.
6 mar 2026
Análisis Político
Las crisis institucionales no se explican únicamente por los hechos que las detonan, sino por la forma en que las autoridades responden a ellas. En este caso, lo que estamos presenciando dentro de la universidad no solo es un conflicto estudiantil: es una radiografía preocupante de la debilidad institucional, de la ausencia de liderazgo y de la falta de capacidad para manejar una crisis que hoy tiene en tensión a toda la comunidad universitaria.
Una institución educativa de alto nivel no puede conducirse a base de improvisaciones, silencios prolongados ni comunicados ambiguos. Cuando surgen conflictos de esta magnitud, lo que se requiere es dirección, capacidad de mediación, inteligencia política, manejo profesional de la comunicación social y, sobre todo, liderazgo.
Lamentablemente, lo que hemos visto por parte de la rectoría es exactamente lo contrario.
La actuación institucional ha dejado en evidencia una preocupante incapacidad para el manejo de crisis, una deficiente estrategia de comunicación y una alarmante falta de empatía hacia las preocupaciones de la comunidad estudiantil. La universidad no puede darse el lujo de reaccionar tarde, con torpeza o simplemente guardar silencio mientras el conflicto escala.
Una rectoría que no logra contener una crisis, que no comunica con claridad, que no establece puentes de diálogo efectivos y que no muestra capacidad de reacción inmediata frente a situaciones imprevistas, demuestra una debilidad en su conducción institucional. Y esa debilidad termina pagando un precio alto: pérdida de confianza, incertidumbre y polarización dentro de la comunidad universitaria.
Pero esta crisis también pone bajo la lupa a otro actor que no puede quedar fuera del análisis: la Federación de Estudiantes.
La representación estudiantil existe precisamente para actuar con firmeza cuando la comunidad universitaria enfrenta conflictos. Sin embargo, lo que se observa hasta ahora es una federación que ha optado por una postura tibia, cautelosa en exceso y, en ciertos momentos, sumisa frente a la autoridad universitaria.
En lugar de encabezar con claridad las demandas de los estudiantes, la federación parece caminar con una prudencia excesiva que, lejos de fortalecer su papel, termina debilitando su legitimidad frente a quienes representa. Cuando la comunidad estudiantil exige voz, lo que se percibe es una dirigencia a la que pareciera temblarle la mano al momento de actuar.
En medio de este escenario, el activista Pedro Martínez Bello fue directo al señalar uno de los puntos más delicados del conflicto: las demandas estudiantiles que exigen la remoción de la rectora.
Más allá de coincidir o no con esa postura, lo cierto es que dicha exigencia refleja el nivel de inconformidad que existe entre diversos sectores de la comunidad universitaria. Ignorar o minimizar ese descontento no resolverá el problema; por el contrario, solo lo profundizará.
Aquí es donde resulta indispensable hablar con claridad.
Quien escribe esta nota como periodista y como dirigente de organizaciones de la sociedad civil ( OSC’s ), mi postura frente a esta situación es firme: estar del lado de los estudiantes y de la comunidad universitaria, pero también del lado de la responsabilidad, del análisis serio y de la búsqueda de soluciones reales.
Hago mención que este momento exige algo más que posicionamientos mediáticos o declaraciones improvisadas. Exige un diagnóstico serio, técnico y objetivo de lo que está ocurriendo.
Es necesario identificar con precisión qué falló, quiénes fallaron y por qué fallaron. Solo así se podrán tomar decisiones funcionales, eficientes y contundentes que permitan corregir el rumbo institucional.
Actuar sin diagnóstico sería cometer un error grave: dar palos de ciego, desgastar energías, sería una cacería de brujas y convertir la crisis en un campo de confrontaciones estériles.
En medio del dolor, la indignación y los sentimientos encontrados que hoy recorren a la comunidad estudiantil y a la sociedad en general, es necesario hacer una pausa para serenarnos y pensar con claridad. Las emociones son legítimas, pero las decisiones que marcarán el rumbo de esta crisis deben tomarse con mente fría, con estrategia, técnica y responsabilidad. La prisa por actuar puede convertirse también en un arma de doble filo: cuando se actúa únicamente desde la reacción inmediata, con las emociones desbordadas, se corre el riesgo de dispersar esfuerzos, cometer errores o perder de vista las soluciones de fondo que realmente pueden corregir lo que hoy ha fallado.
También es necesario decirlo con claridad: en momentos de crisis institucional siempre aparecen oportunistas. Personas, grupos y organizaciones que ven en el conflicto una oportunidad para buscar cámaras, reflectores o posicionamientos políticos.
La universidad no puede convertirse en escenario de protagonismos baratos ni de agendas personales disfrazadas de activismo. La gravedad del momento exige seriedad, responsabilidad y altura política.
Al mismo tiempo, esta coyuntura representa una verdadera oportunidad para las organizaciones sociales y para los activistas comprometidos con la educación pública. Es el momento de demostrar que la sociedad civil puede aportar soluciones reales, no solo discursos. Se requiere un trabajo honesto, profesional y técnicamente sólido, enfocado de manera directa en el beneficio de la comunidad estudiantil.
Las organizaciones deben aportar propuestas concretas, metodologías claras, técnicas de mediación, protocolos de actuación y estrategias de resolución de conflictos, que ayuden a encauzar esta situación hacia soluciones reales. La crisis no se resolverá únicamente con consignas, con presencia mediática o con subir al escenario a lanzar gritos y sombrerazos, no se trata de poner guillotinas en la plaza de armas y cortar cabezas, no se trata de hacer fogatas y quemar en leña verde, se trata de un tema que requiere especialistas, se requieren de expertos en el manejo de crisís, de temas de seguridad, de prevención del delito, etc, que hagan estudios, analicen, den respuestas y propongan soluciones.
La comunidad universitaria necesita conciencia aplicada al problema, pensamiento estratégico y acciones responsables, no improvisaciones ni protagonismos.
Lo que está en juego no es una disputa menor. Lo que está en juego es la estabilidad institucional, la confianza de la comunidad universitaria y la credibilidad de sus autoridades y de sus representantes estudiantiles.
Por ello, la salida a esta crisis debe construirse con tres elementos fundamentales:
Primero, transparencia total en la información hacia estudiantes, docentes y padres de familia.
Segundo, un verdadero proceso de mediación y diálogo que permita escuchar a la comunidad universitaria.
Tercero, decisiones firmes y acciones contundentes basadas en un diagnóstico real de la situación.
Las crisis también son momentos de definición. Revelan quién tiene capacidad de liderazgo y quién no. Revelan quién está dispuesto a defender a la comunidad universitaria y quién prefiere mantenerse en la comodidad del silencio.
La universidad necesita liderazgo. Los estudiantes necesitan representación firme. Y la sociedad necesita instituciones educativas capaces de resolver conflictos con inteligencia, responsabilidad y visión.
Porque cuando el liderazgo desaparece, las crisis dejan de ser episodios temporales y se convierten en síntomas de un problema mucho más profundo.
Y ese es un riesgo que ninguna universidad debería permitirse.

