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El mundo bajo la estrategia de anticipar

Ana Karen Martínez Sarabia

5 mar 2026

El inicio de 2026 ha mostrado una aceleración evidente en la dinámica internacional

Más que episodios aislados, lo que observamos es la continuidad de una forma específica de ejercer el poder: la anticipación como herramienta estructural de la política exterior estadounidense.


Esta lógica formalizada en la National Security Strategy desde 2002, establece que frente a amenazas emergentes, Estados Unidos no debía esperar a que el riesgo estuviera plenamente consolidado para actuar. De modo que, la acción preventiva dejó de ser excepcional y pasó a formar parte del repertorio estratégico, no sólo como respuesta a crisis inmediatas, sino como mecanismo para moldear escenarios futuros bajo condiciones de incertidumbre (The White House, 2002).


En este contexto, el politólogo Stephen M. Walt (2026) ha descrito la etapa actual como una forma de hegemonía depredadora, en la que la primacía estadounidense se ejerce de manera más directa y transaccional, menos mediada por consensos multilaterales y más orientada a preservar ventajas estratégicas inmediatas (Walt, 2026). La hegemonía no desaparece; se redefine y se vuelve más instrumental y menos institucional.


La ofensiva militar denominada Furia Épica, ejecutada por Estados Unidos e Israel contra Irán, se inscribe precisamente en esa lógica. El ataque incluyó bombardeos sobre múltiples objetivos estratégicos y culminó con la muerte del líder supremo iraní, Alí Jamenei. Más allá del golpe militar, este episodio transformó el conflicto en una confrontación de alto riesgo para la estabilidad regional, pues para Teherán la ofensiva no se interpreta como un episodio aislado, sino como una amenaza directa a la continuidad de su liderazgo político.


Detrás del episodio militar aparece también un objetivo político más amplio: el cambio de régimen. La eliminación del liderazgo iraní se inserta dentro de una estrategia orientada a rediseñar el equilibrio regional del Medio Oriente, debilitando a aquellos gobiernos que son percibidos como focos de resistencia frente a la influencia estadounidense y de sus aliados. Esta dinámica no es nueva en la política internacional, pues hemos visto cómo se implementó recientemente en el caso venezolano a inicios del año.


El factor energético explica buena parte del trasfondo del conflicto. Irán se ubica en torno al Estrecho de Ormuz, uno de los principales cuellos de botella del sistema energético mundial, por donde circula entre el 20 % y el 30 % del petróleo transportado por vía marítima, por lo que una interrupción en ese corredor tendría efectos inmediatos sobre los precios del crudo, la inflación global y los mercados financieros. En ese escenario, la relación entre Irán, Venezuela y Cuba adquiere una dimensión estratégica, dado que Venezuela posee las mayores reservas probadas de petróleo del planeta y puede convertirse en una fuente alternativa en caso de una disrupción energética en el Golfo Pérsico. Al mismo tiempo, la cooperación entre Caracas y Teherán, como el envío de combustible iraní a Venezuela durante la crisis energética de 2020, reforzó la percepción en Washington de que ambos países forman parte de un mismo eje de resistencia geopolítica.


Cuba completa ese triángulo. Aunque su peso militar es limitado, su persistencia como proyecto político autónomo dentro del hemisferio occidental sigue siendo interpretada como un desafío al orden regional liderado por Estados Unidos. Por ello, Cuba, Venezuela e Irán aparecen con frecuencia dentro de un mismo patrón de presión basado en sanciones, aislamiento económico y operaciones de disuasión.


De esta escalada se desprenden varios escenarios: la prolongación del conflicto mediante confrontaciones indirectas, una crisis energética global si Irán restringe el tránsito por el Estrecho de Ormuz, con impacto inmediato en el precio del petróleo y la inflación, o una mayor presión política y económica sobre países que no se alinean plenamente con Washington, especialmente en América Latina.


Por lo que, la eficacia de la anticipación estratégica debe medirse no solo por sus éxitos inmediatos, sino por el tipo de orden que produce y por quién asume sus costos. Estas decisiones repercuten en la estabilidad económica y la vida de millones de personas. El reto fundamental es evitar que la competencia por el poder y los estratégicos recursos terminen por profundizar la inestabilidad del sistema internacional de forma irreversible.


Docente e Investigadora Social

Gestora Social por #UAM-X

Especialista en Análisis Político #UNAM

Maestrante en Gobierno y Asuntos Públicos #UNAM

 

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