

José Juan Conejo Pichardo
24 ago 2026
Investigación | Opinión
El mes de agosto tiene diversas fechas muy dirigidas al activismo social, recordemos que el 12 de este mes se conmemoró el Día Internacional de la Juventud. Naciones Unidas nos recuerda que los jóvenes no son el futuro: son el presente. “Los jóvenes ya están marcando el camino como organizadores e innovadores”, ha dicho el secretario general António Guterres. Sin embargo, en América Latina, esa afirmación suena más a deseo que a realidad. Mientras la región celebra este mes con una agenda cargada de fechas clave —el Día de los Pueblos Indígenas (9 de agosto), el Día Mundial de la Asistencia Humanitaria (19 de agosto) y el Día de las Víctimas de Desapariciones Forzadas (30 de agosto)—, una pregunta incómoda persiste: ¿dónde están los jóvenes líderes que deben dar forma a las políticas públicas que nos gobiernan?.
La respuesta es desoladora: están ausentes. Y no por voluntad propia, sino porque el sistema político los ha excluido, y las generaciones adultas han fallado en prepararlos para ocupar el lugar que les corresponde.
El diagnóstico: una juventud que mira, pero no participa
Los datos son contundentes. En América Latina y el Caribe, las juventudes representan más del 25% de la población. Sin embargo, apenas el 3.04% de los parlamentarios de la región tiene menos de 30 años. Esta subrepresentación no es un accidente; es el síntoma de una profunda crisis de confianza. Cerca del 40% de los jóvenes entre 15 y 25 años no confía en sus gobiernos. El 75.7% percibe que sus países están gobernados por grupos poderosos al servicio de intereses particulares, no del bien común.
La política tradicional se ha transformado en un “negocio” inaccesible, y los jóvenes, lejos de ser apáticos, han canalizado su descontento hacia otros espacios: el activismo digital, los movimientos ambientales y las causas feministas. Pero esa energía, por más valiosa que sea, no se traduce en incidencia real sobre las políticas públicas. Sin liderazgos juveniles formados, organizados y con capacidad de propuesta, las decisiones que afectan a toda una generación siguen tomándose en despachos donde la juventud no tiene voz.
El eslabón perdido: formación académica y transmisión de experiencia
Frente a este panorama, surge una pregunta obligada: ¿qué estamos haciendo las generaciones adultas para revertirlo?.
La respuesta, en la mayoría de los casos, es casi nada. Las organizaciones sociales y políticas siguen operando bajo lógicas verticales, donde los puestos de toma de decisión se perpetúan en manos de los mismos rostros conocidos. Los programas de formación para jóvenes líderes son escasos, fragmentarios y, cuando existen, carecen de continuidad. El voluntariado, que debería ser la puerta de entrada natural al liderazgo social, sigue siendo visto como una actividad complementaria y no como una escuela práctica de gestión comunitaria.
Y sin embargo, la evidencia muestra que el liderazgo juvenil no surge espontáneamente. Se cultiva. Se construye. Se transmite. La investigación académica ha demostrado que experiencias como la gobernanza escolar, el aprendizaje-servicio, los proyectos comunitarios y la mentoría favorecen la participación cívica y el capital social. Pero estas prácticas requieren de adultos dispuestos a compartir no solo su experiencia práctica, sino también sus conocimientos académicos, a abrir espacios de codesición y a reconocer que los jóvenes no son aprendices, sino socios en la construcción de soluciones.
El llamado: políticas públicas con rostro juvenil
No se trata de conceder cuotas simbólicas. Se trata de transformar la manera en que se diseñan e implementan las políticas públicas. El PNUD ha señalado que es fundamental que las políticas de juventud “evolucionen y rompan el enfoque basado en la moratoria, que concibe a la juventud como algo pasajero entre la niñez y la adultez”. Urge impulsar medidas que permitan a los jóvenes participar y desarrollar libremente sus potencialidades.
Eso implica, entre otras cosas:
· Que las organizaciones sociales y políticas diseñen programas sistemáticos de formación de liderazgos juveniles, con componentes académicos sólidos y práctica territorial.
· Que los adultos que hoy dirigen estas organizaciones asuman el compromiso de mentoría: abrir sus experiencias, compartir sus fracasos y sus aciertos, y ceder progresivamente espacios de decisión.
· Que los jóvenes se formen académicamente no solo para ser profesionales exitosos, sino para ser agentes de cambio con capacidad de incidir en leyes, defender derechos humanos y colaborar con otras organizaciones.
· Que el voluntariado sea reconocido como una experiencia formativa de alto valor, donde los jóvenes adquieran habilidades de liderazgo, trabajo en equipo y gestión comunitaria.
Agosto, mes de memorias y compromisos
Este mes de agosto nos ofreció prácticamente un marco propicio para la reflexión. El Día Internacional de los Pueblos Indígenas nos recuerda la lucha por los derechos colectivos; el Día Mundial de la Asistencia Humanitaria, la urgencia de proteger a quienes sirven a los más vulnerables; y el Día de las Víctimas de Desapariciones Forzadas, la deuda pendiente con la verdad y la justicia. Todas estas conmemoraciones exigen liderazgos jóvenes que asuman la bandera de los derechos humanos con formación, convicción y estrategia.
La juventud no es un problema a resolver, es el recurso más valioso que tenemos para enfrentar los desafíos de nuestro tiempo. Pero ese recurso se desperdicia si no invertimos en su formación, si no abrimos canales reales de participación y si no reconocemos que el liderazgo social no es un privilegio hereditario, sino una responsabilidad que se construye colectivamente.
La pregunta no es si los jóvenes están listos para liderar. La pregunta es si nosotros, las y los dirigentes adultos estamos listos para dejarles liderar.

