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Juventudes y representación política: marchas, discursos y tensiones actuales

Ana Karen Martínez Sarabia

25 nov 2025

La marcha atribuida a la llamada “Generación Z” reavivó el debate sobre la participación juvenil, pero lo hizo de manera paradójica: se presentó como un levantamiento generacional, aunque múltiples crónicas señalaron que la presencia juvenil fue mínima y que los asistentes tenían perfiles diversos, incluidos adultos que acudieron sin claridad sobre el sentido político de la convocatoria. Esta situación obliga a problematizar no solo sobre quién marchó, sino por qué se intentó presentar la movilización como un pronunciamiento de jóvenes. De ahí la pregunta central: ¿qué revela que una protesta intente parecer juvenil a través de imágenes y estilos digitales, aunque pocos jóvenes hayan participado?


En este sentido, la encuesta Jóvenes frente a las elecciones 2024 del PUEDJS–UNAM muestra que las y los jóvenes no están desconectados de la política, pero sí mantienen distancia de los partidos y de las formas tradicionales de participación; se informan sobre todo a través de redes sociales, confían más en sus pares que en instituciones y participan desde lógicas más horizontales. Este escenario abre espacios ambiguos en donde diversos actores -incluidos los sectores de derecha radical- buscan presentarse como voceros de las juventudes, para dar mayor legitimidad a sus causas. Entonces, no se trata de convocar a jóvenes, sino de hablar en su nombre.


A este respecto, Fernández-Vilas (2022) retomando a Mudde (2021), advierte que las derechas radicales no crecen por amplios consensos ideológicos, sino porque logran instalarse en escenarios de incertidumbre. En México, los datos del INEGI (2025) muestran justamente ese escenario entre jóvenes: 52.3 % participa en la actividad económica, 47.7 % permanece fuera del mercado laboral y la informalidad alcanza 58.8 %; condiciones que no explican por sí solas ninguna preferencia política, pero sí permiten entender por qué discursos que ofrecen orden o estabilidad circulan con mayor facilidad; el punto no es atribuir simpatías automáticas, sino reconocer que la situación contextual abre espacios que distintos actores buscan aprovechar.


En este sentido, y de acuerdo con un reportaje de El País (2025), México se ha convertido en un punto de interés para redes ultraderechistas transnacionales que buscan ampliar su presencia en América Latina, aprovechando el clima de polarización y la disputa por el sentido de “lo juvenil” en el espacio público. El texto destaca que estos grupos no apelan a mayorías consolidadas, sino a sectores específicos que se encuentran en condiciones de vulnerabilidad económica -particularmente jóvenes que ingresan al mundo laboral- y que pueden ser alcanzados mediante estrategias digitales que combinan entretenimiento y mensajes políticos simplificados (El País, 2025).


La presencia del logo de One Piece es otro punto a analizar: la política actual opera mediante símbolos que circulan desvinculados de sus significados originales. La serie suele asociarse con ideas de compañerismo, búsqueda de libertad y cuestionamiento de autoridades injustas; sin embargo, en este contexto se puede entender que el símbolo apareció más como un recurso visual que como una referencia a su significado original. Lo que muestra cómo ciertos elementos de la cultura digital pueden desprenderse de su contenido y usarse por su fuerza estética, escenario que permite plantear preguntas útiles: ¿qué sucede cuando imágenes populares sustituyen a los argumentos? ¿Qué implicaciones tiene que los símbolos circulen sin discusión de fondo?


Más complejos aún fueron los carteles que expresaban retrocesos en derechos históricamente conquistados: sociales, de género o diversidad, los cuales no deben de leerse de manera aislada. Estudios como los de Rodríguez Soler y Bárzaga (2025) muestran que muchos discursos radicalizados apelan al miedo, la nostalgia o la indignación moral para simplificar conflictos sociales, especialmente en escenarios de desinformación. ¿Qué implica, entonces, que consignas regresivas circulen en una protesta que se autoatribuye un rostro juvenil? ¿Qué procesos de desinformación están permitiendo que estas narrativas convivan con símbolos o imágenes populares sin que se reconozca la contradicción?


En este punto, la dimensión educativa es crucial. La UNESCO (2023) advierte que la alfabetización mediática juvenil sigue siendo insuficiente para contextualizar discursos y símbolos que circulan en redes, lo que lleva a cuestionar la idea de que la familiaridad tecnológica equivale a pensamiento crítico; al mismo tiempo, la OECD (2018) señala que las y los jóvenes están subrepresentados en los canales formales de participación -partidos, instituciones y procesos electorales- pero no ausentes; buscan otras formas de involucrarse, especialmente en entornos digitales, iniciativas comunitarias y participación no convencional. Por lo que, más que apatía, se identifica una brecha de acompañamiento formativo, y el reto está en fortalecer las capacidades críticas desde los espacios educativos, para que esta participación diversa no quede capturada por narrativas simplificadoras, sino que se traduzca en comprensión, agencia y debate informado.


La pregunta que queda abierta es profunda: ¿qué revela sobre nuestra vida pública que una movilización recurra a símbolos juveniles sin juventudes, a consignas regresivas sin debate? Problematizar estas tensiones no solamente es un ejercicio teórico, sino una necesidad para proteger la capacidad crítica de las juventudes y asegurar que su participación sea efectiva.


Docente e Investigadora Social

Gestora Social por #UAM-X

Especialista en Análisis Político #UNAM

Maestrante en Gobierno y Asuntos Públicos #UNAM

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