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La nueva Doctrina Trump: el reordenamiento del poder en América Latina

José Juan Conejo Pichardo

10 mar 2026

Análisis Político.

La reciente reunión convocada por el presidente estadounidense Donald Trump en Florida, en la que participaron una docena de gobiernos latinoamericanos para discutir estrategias contra el narcotráfico, la migración irregular y la creciente influencia de China en la región, ha abierto un nuevo capítulo en la disputa geopolítica del hemisferio occidental. Pero más allá de los acuerdos alcanzados, lo verdaderamente revelador fue la ausencia de varios actores clave de América Latina: México, Brasil, Colombia y Cuba, países cuya exclusión y reacción política evidencian que el continente se encuentra frente a una nueva reconfiguración del poder regional.


La convocatoria reunió a líderes de doce países: Argentina, Bolivia, Chile, Costa Rica, República Dominicana, Ecuador, El Salvador, Guyana, Honduras, Panamá, Paraguay y Trinidad y Tobago. Según la narrativa oficial de la Casa Blanca, el objetivo fue crear una coalición hemisférica para combatir los carteles de la droga y contener los flujos migratorios, problemas que Washington considera amenazas directas a su seguridad nacional. Sin embargo, el encuentro también dejó claro un objetivo estratégico más amplio: contrarrestar la creciente presencia de China en América Latina, particularmente en infraestructura, comercio y financiamiento.


En ese contexto, la reunión fue interpretada por diversos gobiernos como un intento de reconstruir el liderazgo estadounidense en el continente bajo una lógica de alineamientos ideológicos y estratégicos.


La reacción de Cuba: acusaciones de neocolonialismo


La respuesta más contundente provino del gobierno de Miguel Díaz-Canel, presidente de Cuba, quien calificó el encuentro como una “pequeña cumbre reaccionaria y neocolonial”. A través de redes sociales, el mandatario cubano aseguró que la reunión compromete a los gobiernos participantes a aceptar el uso de fuerza militar estadounidense para resolver problemas internos, lo que, según su visión, representa una amenaza directa a la soberanía regional.


Díaz-Canel sostuvo además que la cumbre constituye un atentado contra la Proclama de América Latina y el Caribe como Zona de Paz, un acuerdo político adoptado en 2014 por los países de la región para evitar la militarización de conflictos internos.


La crítica fue reforzada por el canciller cubano Bruno Rodríguez, quien señaló que la iniciativa representa una nueva versión de la Doctrina Monroe, principio geopolítico formulado en 1823 mediante el cual Estados Unidos proclamó su influencia predominante en el hemisferio occidental. Para La Habana, el encuentro en Florida no solo revive esa lógica histórica, sino que representa un “peligroso retroceso” en el proceso de independencia política latinoamericana.


México: prudencia estratégica y defensa de la soberanía


Otro de los países cuya ausencia generó mayor expectativa fue México, principalmente por su condición de principal socio comercial de Estados Unidos y por el papel central que ocupa en el debate sobre narcotráfico y migración.


La presidenta Claudia Sheinbaum evitó pronunciarse de inmediato sobre su exclusión de la reunión, adoptando una postura de prudencia diplomática. Sin embargo, reaccionó ante las declaraciones de Trump durante la cumbre, en las que el mandatario estadounidense señaló a México como eje de las operaciones del narcotráfico y sugirió la posibilidad de una intervención militar para combatir a los carteles.


Durante su conferencia matutina del 9 de marzo, Sheinbaum fue clara:


“Qué bueno que el presidente Trump dice públicamente que cuando nos ha propuesto que entre el Ejército de Estados Unidos a México, hemos dicho que no. Porque es la verdad, hemos dicho que no. Y orgullosamente seguimos diciendo que no”.


La presidenta subrayó que México mantiene cooperación con Estados Unidos en materia de inteligencia y seguridad, pero insistió en que las operaciones contra el crimen organizado corresponden exclusivamente al Estado mexicano, reafirmando así un principio histórico de la política exterior del país: la defensa de la soberanía nacional.


El silencio estratégico de otras potencias regionales


A diferencia de Cuba y México, otros países relevantes de la región, como Brasil y Colombia, optaron por no emitir declaraciones contundentes respecto a la cumbre. Este silencio puede interpretarse como una estrategia diplomática para evitar confrontaciones directas con Washington, sin comprometer al mismo tiempo su margen de maniobra geopolítica.


Brasil, por ejemplo, mantiene una relación económica cada vez más profunda con China, mientras que Colombia ha buscado diversificar sus alianzas internacionales. En ambos casos, un posicionamiento frontal podría afectar intereses comerciales o estratégicos en un contexto internacional cada vez más polarizado.


La nueva arquitectura geopolítica del hemisferio


Más allá de las declaraciones y las ausencias, la cumbre revela un fenómeno más profundo: la disputa por el liderazgo político y económico en América Latina.


En los últimos años, China ha incrementado significativamente su presencia en la región mediante inversiones en infraestructura, tecnología, energía y financiamiento público. Iniciativas como la Franja y la Ruta han abierto nuevas rutas comerciales y financieras para varios países latinoamericanos, reduciendo su dependencia histórica de Washington.


Frente a este escenario, la administración Trump parece apostar por una política de reagrupamiento ideológico y estratégico, privilegiando alianzas con gobiernos afines que estén dispuestos a coordinar acciones en materia de seguridad y política exterior.


Desde la Casa Blanca, la portavoz Anna Kelly explicó que la iniciativa forma parte de una estrategia para restaurar la preeminencia estadounidense en el hemisferio occidental, una visión que algunos analistas ya han comenzado a denominar como la “Doctrina Donroe”, en referencia a una reinterpretación contemporánea de la histórica Doctrina Monroe.

Un termómetro político del continente


En términos políticos, la cumbre funciona también como un termómetro del nuevo mapa ideológico latinoamericano. Los países participantes, en su mayoría gobernados por administraciones conservadoras o de derecha, se alinearon con la propuesta estadounidense, mientras que otros gobiernos optaron por marcar distancia o mantener una postura ambigua.


Este fenómeno refleja una tendencia recurrente en la historia de América Latina: la región oscila entre momentos de integración autónoma y periodos de fuerte influencia externa.


La pregunta que queda abierta es si esta nueva coalición impulsada por Washington logrará consolidarse como una alianza duradera o si, por el contrario, terminará profundizando las divisiones políticas del continente.


El futuro de la relación hemisférica


La reunión en Florida deja claro que el hemisferio occidental está entrando en una nueva etapa de competencia geopolítica, en la que seguridad, comercio e influencia estratégica se entrelazan de manera cada vez más evidente.


Mientras Estados Unidos busca reafirmar su liderazgo regional, países latinoamericanos enfrentan el desafío de equilibrar sus relaciones internacionales sin comprometer su autonomía política.


En este escenario, la pregunta central no es solo quién liderará el continente, sino qué modelo de integración regional prevalecerá en los próximos años: uno basado en alianzas estratégicas bajo la órbita de Washington o un sistema más multipolar en el que América Latina negocie simultáneamente con diversas potencias globales.


Lo cierto es que la llamada coalición hemisférica de Trump no es únicamente un acuerdo de seguridad. Es, sobre todo, una señal de que el tablero político del continente está cambiando. Y en ese nuevo juego de poder, cada país deberá decidir de qué lado del tablero quiere posicionarse.

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