

Ana Karen Martínez Sarabia
2 sep 2025
Política
En sus primeros once meses, el gobierno de Claudia Sheinbaum se ha definido por dos ejes que la propia presidenta colocó en el centro de su informe del 1 de septiembre de 2025. El primero es histórico-simbólico: ser la primera mujer en encabezar la presidencia de México, un hecho que representa un cambio cultural de gran trascendencia en un país donde 10 mujeres son asesinadas cada día (Cruz, 2025) y donde la brecha salarial entre hombres y mujeres aún es del 34.2% (ENIGH, 2024). No basta decir que con su triunfo “todas llegamos”, pero su sola presencia en el poder Ejecutivo abre un horizonte antes impensable: irrumpir en un terreno históricamente negado y evidenciar que la democracia difícilmente puede pensarse sin cuestionar las estructuras del orden patriarcal.
El segundo eje es la continuidad con Andrés Manuel López Obrador, que Sheinbaum no oculta, sino que hace parte de su narrativa de gobierno. Los programas sociales, que hoy benefician a más de 32 millones de familias, además, entre 2018 y 2024 la pobreza descendió de 41.9% a 29.5% y la desigualdad (Gini) de 0.426 a 0.391, el nivel más bajo en décadas (Primer Informe de Gobierno, 2025), expresan una estrategia sustentada en el humanismo mexicano, que se distancia del modelo neoliberal al priorizar redistribución, inclusión y justicia social. En seguridad, su política insta en atender las causas de la violencia, con una reducción cercana al 25% en homicidios dolosos respecto al sexenio anterior (Primer Informe de Gobierno, 2025). En economía, subrayó un récord de 34,265 millones de dólares en inversión extranjera directa durante el segundo trimestre de 2025 (Morales, 2025). Ambos ejes —el símbolo y la continuidad— ofrecen certezas, pero también abren el reto de imprimir un sello propio.
En lo normativo, 2025 quedará marcado por la reforma judicial tras las elecciones del 1 de junio, que estableció la elección popular de jueces y ministros, y por la reforma electoral prevista para 2026, anunciada como un intento de “dejar atrás al viejo orden” (Rodríguez, 2025). Son reformas ambiciosas que buscan rediseñar instituciones y ampliar la participación ciudadana, al tiempo que plantean debates necesarios sobre el equilibrio de poderes y la representación política.
El desafío político, sin embargo, va más allá de las cifras; aunque la presidenta mantiene un nivel de aprobación cercano al 70% enfrenta un escenario complejo. El problema no es tanto la negociación interna en Morena, sino los escándalos de corrupción, los supuestos vínculos con el narcotráfico y los gastos excesivos de algunos de sus miembros, que desgastan la legitimidad del proyecto. La oposición de derecha, aunque ruidosa, carece de mayoría frente a Morena y sus aliados. Y a ello se suman los problemas estructurales: la violencia criminal que fragmenta la confianza ciudadana (INEGI, 2025), la cobertura aún incompleta en salud (Saldivar, 2025), y las presiones de Estados Unidos por la migración, la seguridad y el comercio.
Con esta situación, me parece inevitable pensar danesa Borgen (2010–2013; 2022), creada por Adam Price y protagonizada por Sidse Babett Knudsen en el papel de Birgitte Nyborg, que nos muestra cómo la protagonista, primera mujer en gobernar el sistema parlamentario en Dinamarca, entiende pronto que no basta con ser un símbolo: hay que ejercer un liderazgo capaz de enfrentar a la derecha, manejar escándalos internos y sostener legitimidad frente a presiones externas. México es distinto en su sistema político y social -con un presidencialismo fuerte y un partido en mayoría-, pero el dilema guarda similitudes: demostrar liderazgo en un entorno donde persiste la misoginia y donde la legitimidad debe construirse día a día, además de que revela cómo los ideales de justicia y democracia se ven constantemente confrontados por la lógica del poder y las presiones del ámbito privado.
En ese sentido, la presidenta de México ha conseguido combinar estabilidad, continuidad y legitimidad en un contexto político complejo. Su reto no es solo enfrentar las dificultades estructurales, sino también mostrar que, en un país atravesado por desigualdades y violencia, sí es posible impulsar transformaciones reales que fortalezcan la democracia y amplíen los márgenes de inclusión social y política.

