

José Juan Conejo Pichardo
18 ago 2025
Análisis Político
La Ciudad de México fue escenario de una de las manifestaciones más significativas del año: la megamarcha “México por Palestina”, en la que cientos de personas exigieron al gobierno mexicano romper relaciones diplomáticas, comerciales y militares con Israel, al tiempo que reclamaron justicia ante las graves violaciones a los derechos humanos en Gaza.
Lo que inició como una movilización pacífica de colectivos sociales, estudiantiles y defensores de derechos humanos, terminó en enfrentamientos con cuerpos de seguridad capitalinos, dejando un saldo de 11 personas lesionadas, entre ellas manifestantes y policías. La tensión entre el derecho a la protesta y la política de control social volvió a ponerse en evidencia.
La marcha y sus símbolos: entre la memoria y la resistencia
Desde el Ángel de la Independencia, jóvenes y colectivos desplegaron mantas con frases como: “No es una guerra, es un genocidio” y “Defender Gaza es defender la humanidad”. La protesta no se limitó a consignas: incluyó actividades culturales, performances y la inauguración de un antimonumento en el Hemiciclo a Juárez, símbolo que, según los organizadores, representa la dignidad y resistencia del pueblo palestino frente al exterminio.
En el antimonumento, se lee:
“Exigimos al gobierno mexicano que rompa relaciones diplomáticas y comerciales con Israel. La memoria palestina es más fuerte y los insumisos del sur global plantamos hoy, en el corazón de la Ciudad de México, esta puerta abierta a la vida”.
El mensaje no es menor: México se convierte en eco de una lucha global que cuestiona la pasividad internacional y denuncia la complicidad de los Estados frente al genocidio.
La otra cara: represión y acusaciones mutuas
Aunque la protesta se planteó como pacífica, la tensión escaló desde temprano. Policías capitalinos argumentaron haber decomisado objetos peligrosos —cadenas, cohetones y un bastón retráctil— a un grupo de manifestantes encapuchados. Por su parte, los asistentes acusaron represión y criminalización de la protesta, al señalar que la intervención policial fue excesiva e innecesaria.
El saldo fue de 11 heridos, entre ellos tres elementos de seguridad y un manifestante trasladado al hospital por un golpe en la cabeza. A pesar de que la Secretaría de Seguridad Ciudadana reportó un acompañamiento “preventivo y de diálogo”, los hechos revelan la fragilidad de los protocolos en manifestaciones masivas.
Una protesta que trasciende fronteras
La marcha por Palestina no solo es un acto de solidaridad internacional; es también un espejo de las contradicciones mexicanas. Mientras el gobierno presume una política exterior progresista en foros multilaterales, mantiene relaciones diplomáticas y comerciales con Israel, un país señalado reiteradamente por organismos internacionales de violaciones sistemáticas al derecho humanitario.
El antimonumento frente a la Secretaría de Relaciones Exteriores no es un detalle anecdótico: es un recordatorio permanente de que el silencio equivale a complicidad. La exigencia de romper lazos con Israel no es aislada; forma parte de una corriente global que busca que los Estados dejen de legitimar un régimen que perpetúa la ocupación y la violencia.
Asimismo, la represión de esta protesta pone en duda el compromiso real del Estado mexicano con el derecho a la libre manifestación. La contradicción es evidente: México condena la violencia en foros internacionales, pero en su capital la respuesta al disenso sigue siendo el despliegue de antimotines.
La megamarcha “México por Palestina” marca un punto de inflexión. No se trató solo de una manifestación, sino de un acto de memoria, resistencia y denuncia que inscribe a la Ciudad de México en la ruta de las luchas globales contra la opresión.
El saldo de heridos y los enfrentamientos evidencian que la protesta sigue siendo incómoda para el poder. Sin embargo, el mensaje quedó sembrado: la solidaridad con Palestina no es un tema lejano, sino una causa de humanidad que interpela directamente a México y a su política exterior.
Hoy, el antimonumento colocado frente a la SRE permanecerá como un recordatorio incómodo y permanente: mientras exista silencio oficial, la sociedad civil seguirá gritando en las calles “Desde el río hasta el mar, Palestina vencerá”.

