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Minería, violencia y omisión: el costo internacional de Sinaloa

José Juan Conejo Pichardo

10 feb 2026

Análisis

El hallazgo de los restos de cinco de los diez mineros secuestrados en Sinaloa no es solo una tragedia humana: es una señal de alerta internacional sobre el colapso de la seguridad, la fragilidad del Estado de derecho y el alto costo político y económico que México comienza a pagar frente a la comunidad global.


La Fiscalía General de la República (FGR) confirmó la identificación de cinco cuerpos localizados en un predio de la comunidad de El Verde, municipio de Concordia. Las víctimas, trabajadores de la empresa minera canadiense Vizsla Silver, habían sido privadas ilegalmente de la libertad por un comando armado el pasado 23 de enero. Cinco cuerpos más permanecen en proceso de identificación, mientras el dolor de las familias se extiende por al menos cinco estados del país: Zacatecas, Chihuahua, Sonora y Guerrero.


El crimen no ocurrió en el vacío. Sinaloa es uno de los principales estados productores de minerales en México, pero también uno de los territorios más disputados por el crimen organizado. La minería, actividad estratégica para la economía nacional y la inversión extranjera, se desarrolla hoy en zonas donde el Estado ha sido rebasado o cooptado, y donde la violencia se ha normalizado como parte del paisaje productivo.


Un mensaje que cruza fronteras


Que las víctimas trabajaran para una empresa canadiense no es un dato menor. Canadá es uno de los principales inversionistas extranjeros en el sector minero mexicano. Lo ocurrido en Sinaloa envía un mensaje contundente a los mercados internacionales: en México, ni siquiera las industrias estratégicas están a salvo.


Aunque la presidenta Claudia Sheinbaum aseguró que su gobierno está cerca de las familias y que se trabaja para que “no vuelva a ocurrir” una situación similar, el daño ya está hecho. La percepción internacional no se construye con discursos, sino con hechos. Y los hechos hoy muestran secuestros, fosas clandestinas y trabajadores asesinados en una zona productiva clave.


Más preocupante aún resulta que, según lo dicho por la propia mandataria, el gobierno de Canadá no entabló comunicación directa con México sobre este caso. Esta ausencia puede interpretarse de dos maneras: como una estrategia diplomática de prudencia… o como una señal de desconfianza ante la capacidad del Estado mexicano para garantizar seguridad y justicia.


La respuesta del Estado: tardía y reactiva


La FGR informó que la investigación está a cargo de la Fiscalía Especializada en materia de Delincuencia Organizada (FEMDO), con la participación de la Agencia de Investigación Criminal, la Guardia Nacional, la Secretaría de la Defensa Nacional y autoridades estatales. Cuatro personas han sido detenidas y, según declaraciones oficiales, fueron ellas quienes aportaron información clave para la localización de los cuerpos.


Sin embargo, el anuncio de operativos, coordinaciones y detenciones llega después de la tragedia consumada. La pregunta inevitable es: ¿dónde estaban las medidas de prevención?, ¿por qué una zona minera de alto valor estratégico carecía de protocolos de seguridad eficaces?, ¿qué responsabilidad tienen las autoridades federales, estatales y municipales en permitir que comandos armados operen con tal nivel de impunidad?


El Estado mexicano actúa, una vez más, después del crimen y no antes. Esta lógica reactiva no solo cuesta vidas humanas, sino que erosiona la credibilidad institucional y debilita la confianza de inversionistas, organismos internacionales y gobiernos aliados.


Impacto económico: inversión bajo amenaza


La minería representa miles de empleos directos e indirectos, desarrollo regional y una importante fuente de divisas. Casos como el de Vizsla Silver colocan a México en una posición delicada: competir por inversión extranjera mientras no puede garantizar condiciones mínimas de seguridad.


En el corto plazo, estos hechos incrementan los costos operativos de las empresas, obligadas a reforzar seguridad privada o replantear proyectos. En el mediano y largo plazo, pueden derivar en la cancelación de inversiones, la relocalización de operaciones y la pérdida de competitividad frente a otros países de la región.

Para los mercados internacionales, el mensaje es claro: la violencia en México no distingue entre sectores ni nacionalidades.


Derechos humanos y responsabilidad internacional


Más allá del enfoque económico, el caso tiene una dimensión profunda de derechos humanos. La desaparición forzada, el secuestro y el asesinato de trabajadores constituyen violaciones graves que comprometen la responsabilidad del Estado mexicano no solo a nivel nacional, sino también en el ámbito internacional.


México ha suscrito tratados que lo obligan a proteger la vida, la integridad y la seguridad de todas las personas dentro de su territorio. La reiteración de estos hechos abre la puerta a señalamientos, recomendaciones y eventualmente sanciones desde organismos internacionales de derechos humanos.


Una crisis que exige algo más que discursos


El caso de los mineros secuestrados en Sinaloa no puede reducirse a un boletín oficial ni a una estadística más. Es el reflejo de una crisis estructural donde convergen inseguridad, debilidad institucional, intereses económicos y omisiones históricas.


Si el Estado mexicano no transforma de fondo su estrategia de seguridad, si no recupera el control territorial y si no envía señales claras de cero tolerancia a la impunidad, estos hechos se repetirán. Y cada repetición tendrá un costo mayor: más vidas perdidas, más desconfianza internacional y un deterioro acelerado de la imagen del país.


Hoy, Sinaloa no solo exporta minerales. Exporta un mensaje de alarma al mundo.

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