

José Juan Conejo Pichardo
8 abr 2026
Análisis Político
La advertencia no es menor ni retórica. Es estructural, sistémica y profundamente inquietante. El director de la Agencia Internacional de la Energía, Fatih Birol, ha encendido una alarma que, lejos de ser técnica, es política, económica y geoestratégica: la actual crisis del petróleo y el gas no solo supera a las de 1973, 1979 y 2022, sino que las eclipsa en conjunto. En otras palabras, el mundo no está frente a una crisis más; está frente a un punto de quiebre.
El epicentro es claro: el estrecho de Ormuz, una arteria crítica por donde fluye cerca del 20% de la energía global. Su bloqueo —derivado del conflicto en Medio Oriente— no es únicamente un problema logístico. Es una interrupción directa al sistema circulatorio de la economía mundial. Y cuando el flujo se detiene, el sistema entra en shock.
Birol no utiliza eufemismos. Se declara “muy pesimista”. Y con razón. Lo que está ocurriendo no se limita al petróleo y al gas; se trata de un efecto dominó que alcanza fertilizantes, productos petroquímicos, helio y cadenas industriales completas. Es decir, no solo está en juego la energía, sino la producción de alimentos, la estabilidad de precios y la sostenibilidad económica de múltiples regiones.
Estamos, en términos reales, frente a una crisis energética total: petróleo, gas y alimentos convergiendo en una misma tormenta perfecta.
El nuevo mapa del riesgo: energía, inflación y desigualdad
Las consecuencias no serán homogéneas. Como suele ocurrir en escenarios de alta tensión global, los países más vulnerables serán los más golpeados. Europa, Japón y Australia resentirán el impacto, pero serán las economías en desarrollo las que enfrenten un escenario más crítico: inflación desbordada, alimentos inaccesibles y presión social creciente.
El aumento en los precios del petróleo y del gas no es una cifra abstracta. Es gasolina más cara, transporte más costoso, alimentos más escasos. Es, en términos políticos, un detonador de inestabilidad.
A esto se suma un dato clave: la producción de petróleo en el Golfo ha caído a poco más de la mitad de sus niveles previos al conflicto. En el caso del gas natural, el panorama es aún más severo: las exportaciones se han detenido por completo. Esto no solo reduce la oferta global, sino que intensifica la competencia entre naciones por recursos cada vez más escasos.
La historia ofrece precedentes. En 1973 y 1979, la pérdida de aproximadamente 10 millones de barriles diarios fue suficiente para provocar recesiones globales. En 2022, la disrupción del gas tras la guerra en Ucrania generó un impacto profundo en Europa. Hoy, la magnitud es mayor: se han perdido cerca de 140 mil millones de metros cúbicos de gas. Casi el doble de la crisis anterior.
El mensaje es claro: no estamos ante una repetición de la historia, sino ante una escalada.
“Abril negro”: el punto de inflexión
Si marzo fue complejo, abril podría ser devastador. La proyección de la AIE es contundente: si el estrecho de Ormuz permanece cerrado durante todo el mes, la pérdida de petróleo podría duplicarse respecto al mes anterior.
Birol lo sintetiza con una frase que no debe subestimarse: “abril negro”. Una metáfora que rompe con la lógica estacional. Mientras el hemisferio norte debería entrar en primavera, el sistema energético global podría estar entrando en un invierno prolongado.
Este tipo de narrativa no es casual. Es un intento de preparar a los mercados, a los gobiernos y a la opinión pública para un escenario de deterioro acelerado. Porque cuando la percepción de riesgo se instala, los efectos se amplifican: especulación, acaparamiento, volatilidad.
En respuesta, los países miembros de la AIE han comenzado a liberar reservas estratégicas. Sin embargo, esta medida, aunque necesaria, es limitada. Las reservas no sustituyen la producción sostenida. Son un amortiguador, no una solución.
Geopolítica de alto riesgo: el factor militar
La crisis energética no puede analizarse sin su componente geopolítico. El conflicto entre Irán, Israel y Estados Unidos ha escalado a un nivel donde la diplomacia se encuentra subordinada a la presión militar.
Las restricciones impuestas por Irán al tránsito marítimo han reducido el flujo de embarcaciones en más de un 90%. Lo que antes era una autopista energética global, hoy es un corredor bajo tensión extrema, con tránsito mínimo y bajo condiciones estrictas.
A esto se suma un elemento altamente volátil: el ultimátum del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, exigiendo la reapertura del estrecho bajo amenaza de represalias devastadoras. Sus declaraciones —incluyendo la posibilidad de llevar a Irán a la “Edad de Piedra”— no solo elevan la tensión, sino que introducen un factor de incertidumbre total.
En este contexto, la negociación se vuelve frágil. Irán ha rechazado condiciones que considera favorables a Washington, mientras mantiene su postura de defensa nacional. La posibilidad de un error de cálculo, una escalada no prevista o una acción unilateral está sobre la mesa.
Y en escenarios de alta presión, la historia demuestra que los conflictos rara vez siguen guiones controlados.
Conclusión: una crisis que redefine el poder
Lo que está en juego no es únicamente el precio del petróleo. Es el equilibrio global. Es la capacidad de los Estados para sostener su estabilidad interna. Es la relación entre energía, poder y control.
La crisis del estrecho de Ormuz está revelando una verdad incómoda: el mundo sigue siendo profundamente dependiente de puntos críticos que, al colapsar, arrastran consigo economías enteras.
Más allá de las cifras, el verdadero impacto será político y social. Gobiernos presionados, sociedades tensionadas y mercados impredecibles. En este escenario, la energía deja de ser un recurso para convertirse en un instrumento de poder.
Y cuando la energía se politiza al máximo nivel, el riesgo deja de ser económico… y se convierte en civilizatorio.
El “abril negro” no es solo una advertencia. Es un posible punto de no retorno.

