

José Juan Conejo Pichardo
14 abr 2026
Análisis Político
La tensión acumulada finalmente estalló. En un episodio que marca un punto de inflexión dentro de la crisis universitaria en Morelos, estudiantes de la Facultad de Enfermería de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos rompieron candados y cadenas para reabrir su plantel y retomar clases presenciales, desafiando abiertamente al movimiento denominado “Resistencia Estudiantil”.
Lo que comenzó como una protesta legítima tras los feminicidios de Kimberly y Karol —hechos que evidenciaron la crisis de seguridad que atraviesa el estado— hoy muestra señales claras de desgaste, fragmentación interna y pérdida de respaldo social.
De la indignación al desgaste: una resistencia debilitada
El movimiento de “Resistencia Estudiantil” surgió bajo una causa incuestionable: exigir justicia y condiciones de seguridad en un contexto donde los feminicidios siguen siendo una herida abierta en Morelos. Sin embargo, con el paso de los días, su estrategia de presión —particularmente la toma de instalaciones, un liderazgo endeble, falta de estrategia, la falta de conocimiento en resolución de conflictos, de manejo de crisís y negociación — comenzó a generar efectos contraproducentes.
Hoy, el escenario es distinto:
•Una mayoría visible del estudiantado exige regresar a clases.
•Padres de familia comienzan a manifestar hartazgo ante la interrupción académica.
•Sectores internos del propio movimiento muestran divisiones.
La escena vivida en la Facultad de Enfermería no fue casualidad: decenas de alumnos, superando en número a la resistencia, confrontaron directamente a quienes mantenían el paro. El grito de “¡abran!” no solo fue una exigencia operativa, sino un mensaje político: el movimiento ha dejado de representar a una parte significativa de la comunidad.
Actualmente es más el alumnado que desea retomar clases presenciales que el grupo – ya fragmentado – de resistencia; a ello se suman académicos y administrativos y una sociedad que respalda el regreso a clases presenciales, ante esta situación se ve mermado el grupo de resistencia estudiantil.
Este fenómeno es recurrente en movimientos sociales que prolongan sus métodos de presión sin lograr resultados concretos: la legitimidad inicial se erosiona cuando el costo social comienza a superar el beneficio percibido, así lo describen los expertos en psicología social, los estrategas en control de masas.
La universidad: entre la ambigüedad y la presión interna
La postura institucional de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos ha sido, hasta ahora, ambigua y reactiva.
Por un lado, reconoce el derecho a la manifestación.
Por otro, intenta sostener el derecho a la educación.
El posicionamiento de la procuradora de Derechos Académicos, al señalar que “ambos derechos deben equilibrarse”, refleja más un intento de contención que una estrategia clara de acción”
Sin embargo, el problema de fondo es más profundo:
•La universidad no ha logrado construir confianza con el movimiento.
•Ha emitido mensajes contradictorios (clases virtuales vs. retorno presencial).
•Ha permitido que el conflicto escale hasta un punto de confrontación directa entre estudiantes.
En términos políticos, la UAEM parece haber perdido el control narrativo del conflicto. Ya no dirige la solución; simplemente administra la crisis.
El gobierno del estado: ausencia estratégica y costo político
En este conflicto, la figura del gobierno estatal aparece como un actor distante. La falta de intervención clara y contundente frente a las demandas de seguridad ha generado un vacío que terminó trasladándose a la universidad.
El trasfondo es delicado:
Los feminicidios que detonaron el movimiento siguen sin resolverse plenamente.
No existe una estrategia visible que garantice seguridad a estudiantes.
La percepción de impunidad se mantiene.
Esto coloca al gobierno en una posición políticamente vulnerable: cualquier desgaste del movimiento no necesariamente se traduce en legitimidad institucional, sino en un aumento del enojo social contenido.
En otras palabras, el debilitamiento de la resistencia no implica una victoria del Estado, sino un riesgo de radicalización futura bajo nuevas formas de protesta.
El punto de quiebre: cuando la mayoría rompe el paro
La ruptura de candados no es solo un acto físico; es un símbolo.
Representa:
•El fin del consenso estudiantil.
•El inicio de una confrontación interna.
•La pérdida del control del movimiento sobre la agenda universitaria.
La declaración de la directora de Enfermería —“no tenemos por qué sucumbir ante la inseguridad”— introduce un discurso pragmático, pero también polémico: normalizar la violencia como parte del entorno.
Este tipo de narrativa suele generar dos efectos:
1.Reactiva a quienes priorizan la continuidad institucional.
2.Indigna aún más a quienes exigen justicia estructural.
El movimiento de resistencia enfrenta tres escenarios posibles:
Reconfiguración interna
•Reducirse, reorganizarse y radicalizar su discurso para recuperar fuerza.
•Desintegración progresiva
•Perder relevancia ante el regreso paulatino a clases.
Mientras tanto, la universidad queda expuesta como un espacio vulnerable, sin mecanismos eficaces de gobernanza en situaciones de crisis.
Y el gobierno, aunque momentáneamente fuera del foco, mantiene una deuda estructural: garantizar seguridad y justicia.
Cuando un movimiento pierde respaldo interno, no desaparece el problema que lo originó; simplemente se abre la puerta a nuevas expresiones, muchas veces más radicales, más desordenadas y menos controlables.
Lo ocurrido en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos es una advertencia:
La crisis no está resuelta.
Solo cambió de manos.

